Mi obra de arte favorita (o una de ellas)

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Una de mis obras de arte favoritas o que, al menos, más me han impactado cuando las contemplé en vivo por primera vez, es El descendimiento de Van der Weyden. Hay que verlo en el Prado, porque cuando lo ves en una imagen pequeña como ésta no puedes apreciar bien lo maravilloso que realmente es. Esos colores azules y rojos en contraste con el blanco brillante de Jesús, golpean tu retina y te dejan completamente abrumado. Luego está esa perfección, ese cuidado obsesivo por todos los detalles. En toda la obra no hay nada descuidado, todo está perfectamente pintado. También hay que mencionar las imposibles posturas de todos los personajes y la magnífica estructura espacial de la obra: nada está colocado accidentalmente, creando distintos espacios en donde mirar. Me encanta la palidez de la Virgen, que realmente, parece más muerta que Jesús. El descendimiento es arte con mayúsculas, es de las cosas que hace grande a la humanidad, de las que habría que proteger por encima de casi todo.

Hace unos días fui de excursión al Museo del Prado con el instituto. Muchos de los alumnos que llevábamos no se destacan especialmente por sus inquietudes intelectuales. Son, por lo general, bastante apáticos. En ocasiones les digo que aun si entrara en clase “en pelotas”, seguirían sin prestarme ni la más mínima atención. Pensando en que íbamos a estar sobre una hora y media en el museo, mis vaticinios no podían ser más pesimistas: van a aburrirse y a estar con cara de mustios deseando escapar de allí cual presos de Alcatraz desde el minuto uno. Pero para mi sorpresa no podía haber estado más equivocado. En este caso no fue la música quien amansó a las fieras sino más bien la pintura. Se mostraron sorprendidos, interesados, haciendo preguntas de esas de verdad (y no para hacer la gracieta de turno)… No se cansaron y en ningún momento nadie tenía prisa por que termináramos. Lo que ocurrió esa mañana fue educación, fue aprendizaje, fue el ser humano fascinado ante la grandeza de lo que otro ser humano ha creado. Fue reconocer lo valioso, lo bueno, lo que debe ser apreciado y admirado como clásico. Fue un gran momento. 

Curioso (vamos a meter la puntillita política) es que en uno de los países con más patrimonio artístico del mundo y que si es reconocido por algo es, además de por el fútbol y la Formula 1, precisamente por su arte, la educación artística tenga un papel marginal dentro de nuestro sistema educativo (y menos aún con la maravillosa LOMCE). Lo dicho tantas veces, generaremos grandes burócratas, eficientes administrativos, gráciles secretarias que hablan bien en inglés pero que pasarán al lado del Descendimiento y no se enterarán de nada y pensarán que no tiene valor alguno y, al final, lo desprotegerán. A fin de cuentas, solo son unos brochazos de pintura en una tabla de madera. 

 

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