Un nuevo ejemplo de mala gestión: la gratuidad de libros en el presente curso

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Nunca estuve plenamente de acuerdo con el programa de gratuidad de libros de texto. Creo que con una buena política de becas en las que se asignaran los libros en función de la renta y circunstancias familiares de los padres de cada alumno se habría conseguido algo más justo y mejor. Pero, en fin, dado que estaba y dadas las circunstancias económicas del presente, ahora no era el momento de eliminarlo. La administración, con intenciones loables, sólo ha cancelado la reposición, quedando los libros que quedan todavía gratuitos, al menos por este año. Vale, no tenemos libros nuevos pero los viejos que todavía estén en buen estado se siguen dando gratuitamente.

El problema está en que, debido a que hay libros en muy mal estado, no tenemos libros para todos. ¿Qué hacer? La administración dispuso que se asignarían según la renta (sin mirar más factores) de los padres. Bien, ¿cómo saber la renta de los padres de nuestros alumnos? De primeras, Hacienda nos mandó las rentas de cada familia pero, y aquí viene, lo bueno, había padres cuyos datos, misteriosamente, Hacienda no tiene (¿Hay gente que Hacienda no tiene fichada?). Ni cortos ni perezosos, nos dijeron que fuéramos nosotros (nosotros quiere decir el secretario del centro y los administrativos a su servicio: dos) los que pidiéramos los documentos necesarios directamente a los padres. Todo esto tres o cuatro días antes de que el curso comience. El secretario se encuentra, en primer lugar, con tener que hacer frente a un montón de variopintos documentos que cada padre le trae, con que muchos padres no tienen tales documentos o con muchos otros que pasan del tema o no se han enterado bien. Por ejemplo, tenemos a una madre que está divorciada y cuya única renta es la pensión que le el ex-marido le ingresa vía cuenta bancaria. ¿Qué documentación se le pide a esa mujer? ¿Los documentos del divorcio? ¿Un justificante del ingreso? Después, el secretario tiene que lidiar con unos programas informáticos no diseñados para las excepciones. Ya sabemos eso de que en tal casilla sólo cabe un dígito y no se aceptan más, o en esa otra sólo hay dos opciones, no tres.  Y luego están los alumnos que cambian de optativa a última hora… Un caos absoluto y el secretario completamente desbordado al borde del suicidio.

Otra cosa graciosa es, por ejemplo, el caso de Educación para la Ciudadanía. En agosto, el insigne Wert cambió sus contenidos. Los libros que texto que disponemos tienen los contenidos antiguos y ninguna editorial va a cometer la locura de lanzar libros nuevos sabiendo que dentro de cuatro años, lo mismo el PP pierde las elecciones y los contenidos vuelven a cambiarse. Entonces se da la grotesca circunstancia de que tenemos libros de texto que no se adecuan a los contenidos legales de la asignatura. Maravilloso.

Estos desatinos no tienen nada que ver con los recortes ni con la “herencia heredada” ni con “no podemos gastar más de lo que tenemos”, tienen que ver con simple y llana ineptitud e incompetencia. Durante los años que llevo trabajando he visto a una administración remolona: todo siempre llega un poco más tarde de lo que debería y muchas cosas podrían hacerse mejor y más rápido. Sin embargo, nunca he visto algo tan pésimo como el fin de curso del año pasado y comienzos de éste.

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  1. Muy curioso, Santi, situación propia de los hermanos Marx, jajjajajajjaa.
    Aunque las editoriales sí han sacado libros de Educación para la Ciudadanía: SM, Santillana, Bruño y no sé si alguna más. Se han dado mucha prisa, eso sí, parece como si les hubieran chivado el programa… ¡otra vez, jajajjajajaa!, porque para el curso que viene vuelve a cambiar y no se sabe quién la dará, pues sus contenidos ya no serán “Críticos y reflexivos”, de nuevo… ¡jajajjaajaa!….

  2. A ese secretario, y supongo que a todos los de los institutos de enseñanza pública, habría que proponerlo para la “medalla al merito en el trabajo”; si es que exista tal, y sirve de algo, claro.
    Aparte de que las cosas de palacio siempre van despacio, cuando ni la propia mano derecha sabe lo que hacen todos sus dedos vamos muy mal.

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