Madres chinas

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En una magnífica entrada, como todas las que parecen en ese blog, Antonio Cabrales comenta un artículo realizado por la profesora de derecho de la Universidad de Yale, Amy Chua, en donde se realiza una comparación entre el comportamiento de las madres chinas y el de las madres occidentales en lo referente a la educación académica de sus hijos. Resumiré aquí los puntos principales sobre los que Cabrales reflexiona:

1. Las madres occidentales piensan que “enfatizar el éxito académico es malo para los niños” y fomentan que “el aprendizaje es divertido”, mientras que ninguna madre china piensa eso. En contraposición piensa que los éxitos académicos de un hijo reflejan que los padres lo están haciendo bien y el fracaso escolar supone un gran problema en el que los padres tienen toda la responsabilidad. Nada es divertido hasta que uno no es bueno en ello y, por lo tanto, primero hay que trabajar duramente hasta que se consigue ser virtuoso. En este sentido nuestros sistemas educativos han cometido un grave error, mezclando dos cosas: es cierto que aprender no tiene por qué ser algo horrible y penoso. Está bien que motivemos a nuestros alumnos e hijos haciéndoles ver que estudiar puede ser agradable y muy placentero, pero de aquí a qué TODO proceso de aprendizaje tenga que ser un juego divertido va un paso. Puede producir un gran placer leer a Séneca y debe ser un objetivo primordial de todo profesor de clásicas que sus alumnos sientan ese placer, pero para ello antes hay que aprender latín, y aprender las declinaciones es un proceso arduo y complicado. Jugar y estudiar son dos cosas diferentes que, a veces pueden solaparse, pero, en ningún caso son lo mismo.

2. Las madres chinas creen que los niños no trabajan nunca por su cuenta, por lo que, siguiendo el razonamiento anterior, a priori, no saben en lo que son buenos. Así, los padres chinos pasan por encima de las caprichosas e infundadas preferencias de sus hijos. Creen que ellos saben mejor que los niños qué es mejor para ellos, por lo que son los padres los que deciden las actividades que realizan los hijos y les obligan a hacerlas. Esto me parece crucial: ¿Desde cuándo dejamos que nuestros hijos sean los “reyes de la casa” anteponiendo sus decisiones a las nuestras? Precisamente a un niño hay que educarlo para que aprenda a decidir con racionalidad. Si al ser niño y no ser adulto, sus decisiones no suelen ser racionales, ¿por qué las obedecemos? ¿Por qué sobrevaloramos las decisiones de alguien que aún no sabe decidir? Nos movemos desde el imperativo del “gusto del niño”: si le gusta que lo haga y si no que no lo haga. ¿Desde cuándo en la vida uno se mueve sólo por gusto más aún cuando ni siquiera tiene educado tal gusto? ¿No hay que enseñar a los niños a moverse por deber, por obligación? A mí, rara vez me gusta pasarme toda la mañana trabajando en lugar de irme a la playa a descansar. ¿He de dejar mi trabajo entonces? Pues eso mismo es lo que le estamos diciendo a nuestros hijos cada vez que obedecemos sus caprichos o permitimos que dejen una actividad sólo por el hecho de que no les guste, sin valorar otras cuestiones.

3. Las madres occidentales están muy preocupadas por la salud psíquica de sus hijos presuponiendo su fragilidad, mientras que las madres chinas no lo están. Las chinas presuponen fuerza, no debilidad. Entonces su nivel de exigencia es alto: piden a los niños calificaciones perfectas y si no las obtienen presuponen que el chico no ha trabajado lo suficiente. Otra cuestión crucial: ¿desde cuándo empezamos a pensar que nuestros hijos eran emocionalmente ineptos y había que tratarlos como tales? Tengo a muchas madres muy preocupadas porque su hijo se vaya a traumatizar por fracasar en una asignatura… ¿Desde cuándo suele ocurrir que un alumno contrae una enfermedad mental por suspender matemáticas? Hiperproteger a un hijo consiste en hacerlo un inútil integral, incapaz de enfrentarse a nada porque jamás ha tenido que enfrentarse a nada. Darle todo a un hijo de modo gratuito significa hacerlo un inútil integral, incapaz de conseguir nada que requiera un mínimo esfuerzo porque jamás ha tenido que hacer nada para tenerlo todo. Impedir que un hijo sufra por nada significa hacerlo un inútil integral, incapaz de hacer frente a ningún problema porque nunca ha tenido que enfrentarse a ninguno e incapaz de valorar nada porque nunca ha tenido que sufrir por conseguir nada.

4. Los padres chinos piensan que sus hijos les deben todo por lo que deben pasar su vida pagándoles todo lo que han hecho por ellos haciendo que se sientan orgullosos. El “honraras a tu padre y a tu madre” tiene una importancia vital. Así, nuestros hijos se muestran absolutamente desagradecidos con sus padres: piensan que sus padres les han dado todo porque así tienen que hacerlo y punto. Esa sensación de gratuidad se refuerza y puede verse en la actualidad cuando nadie quiere cuidar de sus padres cuando son ancianos, metiéndolos, a la mínima, en un asilo. Mi padre no hizo nada por mí por lo que yo, acostumbrado a no hacer nada ni siquiera por mí, no haré tampoco nada por él. La sensación de gratuidad conduce a una sociedad necesariamente insolidaria.

Conclusión: China se come el mundo y Occidente se hunde en la mayor crisis de su historia.

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