De lo que debe ser un profesor de secundaria

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Publiqué esta entrada en la Máquina de Von Neumann el 16 de Noviembre de 2010. No deja de ser triste que la dirección de los acontecimientos haya ido en dirección tan diametralmente opuesta a lo que yo exponía. Desde luego, ningún político leyó o le interesó leer la entrada. Aquí os la dejo de nuevo, con más pena que gloria.

1. Los profesores de secundaria habrían de ser especialistas vocacionales en educación y no especialistas en determinadas materias que no tienen otra posibilidad laboral que ejercer de profesor. Para esto era muy insuficiente el CAP y es muy insuficiente el nuevo máster. O se constituye el grado de profesor de secundaria (al igual que el actual magisterio) o, como mínimo, se estipula como especialidad de segundo ciclo en cualquier grado (de dos años al menos).

2. El profesor ha de ser un funcionario público. Sus intereses han de ser la transmisión de una cierta herencia cultural independientemente de los intereses económicos del momento dado. No comparto que todo deba estar regido por la economía, más aún cuando los fines de la economía no son el bien común, la justicia o la defensa de los derechos fundamentales. La educación no puede reducirse a las expectativas laborales de las caprichosas leyes de oferta y demanda. Y es que, ¿qué tiene que ver educar a una persona con el funcionamiento de la bolsa? Siempre he pensado que esta conclusión era fruto del sentido común y me da vergüenza cuando escucho su contrario en determinados foros.

3. Habría que reforzar la formación constante del profesorado. A día de hoy sólo te piden unos miserables créditos para los trienios y los sexenios, que se consiguen en absurdos cursos on-line que no llevan más de veinte minutos de trabajo frente al ordenador. Nunca he entendido cómo un profesional puede hacer su trabajo lo mejor posible sin estar a la última en “cómo hacer tu trabajo lo mejor posible”. Verbigratia, nuestros profesores lo hacen mal ya que desde que consiguen la plaza no tienen obligación alguna de saber nada más tanto de su especialidad universitaria como de pedagogía. Siempre me ha parecido lamentable, además, que un instituto no sea un centro de producción e intercambio de conocimiento, dejando esa tarea exclusivamente a la Universidad. Así, tenemos profesores a los que no les gusta estudiar, que no han vuelto a leer un libro desde que dejaron la facultad…¿Exigimos al alumnado que valore el conocimiento por sí mismo cuando nosotros no lo hacemos?

4. El sueldo del profesorado, así como su prestigio social, ha de elevarse (y no bajarse, tendencia que continúa hoy en alza. Me pareció gracioso escuchar una entrevista al ministro Gabilondo en donde decía lo mismo que yo días después de que nos bajara el sueldo). A cambio:

a) Las oposiciones deberían aumentar su dificultad. El grado de conocimientos y cualificación profesional para obtener una plaza deberían ser más altos. A los temarios de especialidad habituales deberían sumarse el conocimiento del marco legal (que antes estaba y no sé a cuento de qué se quitó) y un potente anexo psico-pedagógico. ¿Alguien sabe por qué antes se hacía el sorteo de los temas para el examen con dos bolas y ahora lo hacen con cinco?. ¿No favorece eso a que apruebe aquel que sólo se estudie unos pocos temas confiando en su suerte en detrimento del pobre que sí que ha preparado la oposición con seriedad? El mundo al revés.

b) La fiscalización de su trabajo debería ser real y no politizada ni centrada en aspectos burocráticos. Hoy en día, el profesor teme más que falte una coma en su programación que no subsanar serias deficiencias didácticas en su quehacer diario.

c) En consecuencia, debería existir un abanico mayor de sanciones administrativas en caso de negligencia. Actualmente no se hace absolutamente nada o, por lo menos, yo jamás he visto que a algún compañero le haya pasado nada por hacer pésimamente su trabajo (o, sin eufemismos, por no hacerlo). La inspección tiene hoy en día un papel anecdótico, sin más papel que el de asustar de vez en cuando… ¿Quién teme al lobo feroz?

d) Igual, deberían existir incentivos o formas de promoción interna que premiaran el buen hacer del docente. Es curioso que aquel que se mata a trabajar recibe los mismos premios y castigos que el vago incompetente. Es triste que tengamos que confiar la calidad de la enseñanza a cuatro héroes, que sin premio alguno, trabajan por todos los demás.

4. No creo que la solución al problema del mal comportamiento del alumnado en las aulas se solucione fundamentalmente con dotar al profesor de una autoridad policial, ya que es algo mucho más complejo y profundo que sólo podrá ser solucionado a largo plazo mediante cambios culturales y sociales. Como medidas a corto plazo que podrían solucionar sólo parcialmente la grave situación hablaríamos en dos líneas:

a) Dotar al profesor de herramientas conductuales de solución de conflictos en el aula. Del mismo modo, el centro ha de contar con un sistema coherente y con sentido de medidas sancionadoras que funcione con eficacia. Hay centros en los que ni siquiera puedes echar al alumno de clase o en los que no hay aulas de convivencia.

b) Que existan medidas para tratar los casos extremos diferentes a la mera “cambiar al alumno de centro”. Las competencias del departamento de orientación deberían ser mayores (además de existir más de un orientador por centro. Su número debería determinarse en función del número de alumnos y de su problemática, y no únicamente el inflexible “uno por centro”) y la colaboración de los institutos con la fiscalía de menores, trabajadores sociales, psicólogos clínicos  y con las fuerzas de orden público también debería reforzarse, creándose planes de acción conjunta.

5. Para fomentar el prestigio social del profesor no basta con subirle el sueldo y su cualificación profesional, también hace falta que pueda hacer bien su trabajo. Para ello han de facilitarle las cosas: principalmente bajar la ratio de las clases, horarios y espacios flexibles, cooperación interdepartamental, menos horas lectivas… En otras palabras: romper la estructura institucional de un centro de secundaria y duplicar el presupuesto en educación. El cambio del profesorado ha de venir, a la larga, acompañado de un cambio sistémico.

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