Modelos para vivir

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Enseñamos ideas, datos, procedimientos para resolver problemas. Enseñamos a resolver una ecuación, las teorías de Descartes o los acontecimientos que desembocaron en la Revolución Francesa. Es magnífico, es lo que debemos enseñar. Pero todos esos aprendizajes quedan desarraigados, aislados en el único contexto académico donde parecen tener sentido. A un alumno no le vale para nada en su quehacer cotidiano quién era Napoleón o el sistema de Gauss de resolución de sistemas de ecuaciones. ¿Por qué? ¿No debería ser la educación una clara magistra vitae, un enseñar a vivir más que cualquier otra cosa?

Creo que hay una condición sine qua non puede darse un buen aprendizaje: que esté basado en un modelo prestigioso, que se base en la biografía de alguien respetable, digno de imitar y seguir. A menudo me encuentro con que mis alumnos piensan en los grandes científicos o literatos como en ratas de biblioteca, tipos aburridos sin vida social, clásicos empollones que no disfrutaron nunca de un buen botellón ni se ligaron a la reina del baile. Para adolescentes cuyo máximo deseo es salir el viernes y disfrutar de la noche hasta el amanecer, poco les dice alguien que estuvo la gran parte de su vida sentado en un escritorio o encerrado en un laboratorio. Pero, ¿quiénes son entonces sus modelos? ¿A quiénes admiran y siguen? ¿Qué valoran y respetan? Es muy obvio: para los chicos están los gladiadores modernos, los héroes homéricos del presente: los futbolistas de élite. Messi o Cristiano son los Aquiles y Heracles de la actualidad. No son del todo malos modelos. A fin de cuentas, su esfuerzo para llegar a la élite del deporte es encomiable. Yo los utilizo en muchas ocasiones, ya que si los rechazo y los contrapongo a los héroes del conocimiento tengo la batalla perdida de antemano. Es casi imposible que un crío vea más admirables las leyes de Newton que el golazo que dio la Champions al Barça. Son un buen modelo de superación, de espíritu deportivo, de horas y horas de entrenamiento para conseguir unas metas difíciles. Colateralmente pueden serme útiles, pero a la postre son insuficientes: mi objetivo es que los discentes sientan pasión por el conocimiento. ¿Qué hacer entonces?

No es muy difícil. La mayoría de las biografías de los grandes hombres son apasionantes. Lejos de ser aburridas ratas de biblioteca fueron, casi siempre, personas de vidas trepidantes llenas de anécdotas y aventuras. Por ejemplo, en el 2009, año Darwin, me pasé casi un trimestre hablando del viaje en el Beagle, imaginando las difíciles conversaciones entre Darwin y Fitz Roy, las noches de tempestad amenazando el casco, las agudas observaciones de las extrañas especies animales que se encontraba Darwin en Sudamérica… A los niños les encanta que les relaten historias, que les narren cuentos. ¿Por qué no aprovechar las grandes historias que nos ofrece la realidad en vez de tener que ir a ficciones? Dudo mucho que alguno de mis alumnos no acabaran por admirar al gran naturalista inglés y dudo mucho que, al menos, el mundo de la biología no les pareciera mínimamente interesante. Y a raíz de eso, día tras día de navegación, fuimos construyendo la teoría de la evolución y las enormes implicaciones filosóficas a la que ésta llevó. Aprendizaje por descubrimiento en toda regla.

Este año, aniversario de Alan Turing, no me han dolido prendas en echar horas de clase dedicadas a su vida. En segundo de la ESO, estuvimos trabajando con métodos de codificación de mensajes (les recomendé que los utilizaran para hacer chuletas indescifrables) imaginando que intentábamos hallar la forma de descifrar los mensajes secretos que los nazis se mandaban mediante ENIGMA. Después, utilicé la trágica muerte de Turing para hablar de los prejuicios contra la homosexualidad. Estoy seguro de que, para muchos de mis alumnos, era la primera vez que admiraban a alguien de naturaleza homosexual.

De este modo, el conocimiento cobra vida, se enraíza en la cotidianeidad, se acerca al día día de los adolescentes. Quizá, cuando vean un escarabajo arrastrándose por el alféizar de su ventana lo miren con la curiosidad de Darwin y observen su torpe movimiento con cierto detenimiento. Les habré enseñado algo maravilloso: les habré enseñado a ver el mundo con otros ojos. O quizá, cuando vean a un homosexual, ya no vean tanto a alguien despreciable digno de burla, sino a alguien tan heroico que pueda ayudar decisivamente a ganar una guerra mundial. Este quizá es posiblemente muy humilde, pero es, quizá también, lo más maravilloso de ser profesor.

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  1. Algún día la condición sexual de una persona será una mera anécdota y no algo a tener en cuenta mas allá de si se establecen relaciones intimas con la misma o no.
    Aparte de eso, tus alumnos no saben la suerte que tienen de tenerte como profesor. A no ser que realmente aprovechen tus métodos educativos.

    • Gracias a ti por ser tan buen profesor. Aunque sólo el 1% de tus alumnos aprovechen la oportunidad, algo bueno saldrá para la humanidad. Por cierto, tengo otro amigo que es también profesor de instituto, en Navalmoral, de la Mata, su nombre: Alejandro González Terriza, igual le conoces. Si no e aquí su blog: http://todoal59.blogspot.com/

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