Forjar la opinión

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En ocasiones, entablando una lucha dialéctica sobre cualquier tema, cuando he tenido acorralado al rival y éste se ha quedado sin razones para replicar, responde: bueno, esta es mi opinión y tú debes respetarla. Parece que con tal respuesta la conversación debe terminar ahí. Se ha apelado a la libertad de pensamiento: yo opino como me da la gana e incluso tengo derecho a defender algo aunque esté equivocado. Mal, terriblemente, mal. Solemos entender que un Estado de Derecho en el que prima la libertad, todas las opiniones que no socavan la libertad de terceros son igualmente respetables. Mal, terriblemente, mal.

Si todas las opiniones son igualmente respetables, la opinión de alguien que lleva años estudiando un tema, que es un experto reputado y que opina desde un conocimiento profundo de una cuestión, es equivalente a la primera ocurrencia que a cualquiera de nosotros nos apetezca decir en un momento dado. Esto banaliza el conocimiento. Si todo vale y es equiparable, nada vale. Por eso creo que es fundamental educar para forjar opiniones. Los alumnos deben darse cuenta que antes de hablar hay que saber, que antes de opinar de cualquier tema es necesario haberlo estudiado bien, que las opiniones no son gratuitas, sino que han de venir después de un esfuerzo previo. Enseñar a pensar es precisamente eso. Defender una opinión es tener una batería de argumentos sólidos que la respalden, y esos argumentos hay que construirlos mediante el estudio. No queda otra.  

Y no, todas las opiniones no son respetables, lo que son respetables son las personas. Yo puedo decirte que tu opinión es equivocada, que tu idea es mala y, aún así, no estaré faltándote al respeto. Te faltaré al respeto si digo que tú eres estúpido, si arremeto contra tu persona, pero no si lo hago contra tus ideas. Esto tiene que quedar muy claro.

Educar para forjar opiniones es lo que hacemos en las asignaturas que impartimos los filósofos, y es muy importante que sigamos haciéndolo. Tome nota el ministro Wert cuando quita horas, seguramente sin una opinión bien forjada, a la filosofía en su nueva ley educativa. 

Como soy como profesor

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Cuando empiezas a trabajar no tienes ni la más remota idea de nada. El sistema de formación del profesorado español es lamentable. Sabes de tu materia (es lo que te piden fundamentalmente en la oposición), pero no tienes ni idea de cómo enseñar. El CAP, que dado su nombre, supuestamente te capacita para enseñar es, como todo el mundo sabe, un absoluto fraude, un trámite que hay que pasar y pagar. Con este raquitismo entras en clase y te encuentras con treinta críos que, lo primero que hacen es medirte: ¿hasta dónde nos permite llegar? Empiezas mal porque tienes el handicap de profesor joven: inspiras menos respeto y das menos miedo que los profes veteranos. Estas nervioso y eres un novato. Eso se ve y ellos lo huelen deprisa.

¿Qué haces? Buscas en tu memoria referentes: ¿qué es lo que hacían tus profesores? Y lo copias. Lo último que has visto es a tus profesores de universidad por lo que tu estilo será similar. Comienzas muy fuerte, supliendo tus grandes carencias con un alto nivel de contenidos y de exigencia. Y aquí viene tu primer shock de realidad: ellos saben mucho menos de lo que tú te crees. Y sufren. Lo peor que le puede pasar a un alumno es un profesor novato: será más difícil aprobar que con un veterano. Explicará peor: utiliza un vocabulario extraño, da muchas cosas por sabidas, corrige con un rotulador rojo demasiado inflexible y despiadado. El profe novato abusará de la clase magistral sin saber que los chavales de la ESO no aguantan más de veinte minutos escuchándote. También se encontrará con los temidos problemas de disciplina y, a él precisamente, le costará mucho más mantenerla que a otros (pues no sabe hacerlo). Saldrá espantado cuando se encuentre con alumnos especialmente problemáticos. Se enfrentará a ellos, tomándose una burla cualquiera como un ataque personal y se sentirá bastante impotente al no poder partirle la cara al niñato bacilón de turno. Estará creando (y sobre todo creándose) problemas donde lo que hay que hacer es evitarlos.

Después de varios años sobreviviendo, mejoras, aprendes la profesión y, al fin, te conviertes en profesor después de un quizá demasiado largo bautismo de fuego. ¿Cómo eres como docente? Aquí entra ya la personalidad, capacidades, aprendizaje, experiencias y formación de cada uno. Cada profesor crea, necesariamente, su propio estilo. ¿Cómo soy yo en el aula? En un cierto ejercicio de egotismo (perdóneme el lector por tanta osadía) y de autopercepción (no sé hasta qué punto distorsionada) voy a hacer el esfuerzo de definirme. Empezaremos por lo que creo que son mis virtudes:

1. Soy divertido. Creo que una de mis cualidades es el sentido del humor. Me gusta pasarlo bien y que la gente que está a mi alrededor también se lo pase. Odio ver a mis alumnos soberanamente aburridos, por lo que, constantemente, hago bromas para despertarlos de su letargo. A veces, me parezco a un monologuista del Club de la comedia, lanzando largos discursos absurdos sobre cualquier nimiedad. Con ello pretendo varias cosas: pasarlo bien yo, que no odien mi materia al asociarla con algo que puede ser divertido, que estén despiertos y activos y crear un ambiente positivo, no hostil. No quiero que los niños piensen que lo mejor del mundo está fuera del instituto mientras que dentro solo se va a sufrir. Hay que sacar la educación del aula a la vez que hay que hacer apetecible el aula.

2. Soy apasionado. Esta es mi mejor virtud. Me gusta lo que enseño y cuando lo explico, muchas veces, me apasiono. Y creo que esto se transmite. Un profesor al que le aburra terriblemente su materia, transmitirá esa desidia y conseguirá hacer insufrible lo que podría ser interesantísimo. Debemos mostrar que aprender, saber, comprender, reflexionar, son cosas apasionantes, que merece mucho la pena una vida dedicada a ellas.

3. Soy exigente. Mis asignaturas no son fáciles. A parte de que con un cierto nivel de exigencia consigues que trabajen más, también es una forma de dignificar lo que haces. Si tus asignaturas son una chorradita que se aprueba sin pestañear, lo que en ella se aprende pierde importancia. Lo que es difícil, cobra valor. Aprobar un examen complicado llena de satisfacción, refuerza la autoestima, nos capacita para afrontar nuevos retos. Ser exigente no equivale a ser injusto o arbitrario, no consiste en suspender sin ton ni son. A la exigencia le debe acompañar la claridad: hay que dejar muy, muy claro qué es lo que pides, como son tus exámenes y como los corriges. Hay que ser muy justo y reconocer cuando te equivocas. A mí no me importa nada subir la nota ante la queja de un discente si creo que, realmente, no he corregido bien. Por eso, cuando entrego los exámenes en clase, dedicamos una sesión a corregirlos. De este modo ellos ven lo que han hecho, saben en qué han fallado y tienen la oportunidad de comentar conmigo cualquier cosa. El examen se convierte entonces en una herramienta más de aprendizaje y no solo en un método de calificación.

4. Busco la autoridad y el respeto en el trabajo bien hecho. Al intentar hacer las clases amenas y divertidas, pierdo autoridad, pierdo respeto. ¿Cómo lo subsano? Intentando que todo tenga sentido, que los alumnos vean que hago las cosas bien, que, a pesar de que bromeo, me tomo en serio lo que hago. Si ellos te ven trabajar, ven que todo tiene un fin y una lógica con sentido, ganarás cierto respeto. Lo peor que puedes hacer es que te vean vaguear desmotivado, que vean que ni tú te crees lo que estás haciendo, que piensas más que ellos que tu labor es absurda. ¿Cómo van a trabajar si tú no trabajas? ¿Cómo se van a motivar si te ven desmotivado?

5. Busco ser un modelo. Uno de los descubrimiento más importantes que he hecho como profesor es darme cuenta de que importa muchísimo quién dice algo para que ese algo sea significativo. Ese quién deber ser alguien, debe tener un cierto prestigio. ¿Cómo conseguirlo? En primer lugar, haciendo bien tu trabajo, pero en segundo (y aquí reconozco ser algo tramposo) buscar que te admiren, ganarte ser un modelo. Eso es difícil: eres un profesor, algo alejado a priori de lo que ellos valoran. Recuerdo un profesor de matemáticas que tuve que el primer día de clase organizaba una competición con los alumnos más brillantes. Los sacaba a la pizarra y les ponía una larga multiplicación. Les daba bastante ventaja, pero luego, él llegaba y con una velocidad de cálculo impresionante, resolvía en unos segundos las operaciones y dejaba a los pobres alumnos a la mitad de las cuentas. A partir de ese momento, el profesor no era un cualquiera, tenía habilidades dignas de admiración. A partir de entonces, por el efecto halo, lo que él decía era importante. Yo intento hacer cosas parecidas. Intento que vean que sé mucho de mi materia y, cualquier cosa que se me de bien, la llevo al aula. Les cuento viajes y vivencias que he tenido, aventuras en mi edad universitaria, logros de mi vida, todo lo que he tenido que estudiar para conseguir ser profesor, la dificultad de ciertos exámenes que superé…

6. Soy un amigo no un enemigo. Trato de que vean que no estoy allí para fastidiarles ni para hacerles la vida más difícil. No soy un problema, soy una ayuda. Intento decirles que lo que venimos a hacer en clase es bueno para ellos, muy bueno y que yo soy su servidor, me pagan para mejorar sus vidas, no para empeorarlas. Cuando suspendo a alguien, trato de que vea que me duele, que no le he suspendido con malas intenciones, que voy a darle más oportunidades, que si trabaja un poco más, conseguirá aprobar.

7. Tengo mucha paciencia. Los alumnos son adolescentes y, como tales, son infantiles, ingenuos, inquietos, repiten constantemente las mismas bobadas… Eso puede resultar exasperante, pero hay que tener en cuenta precisamente eso: son adolescentes y se comportan así porque lo son. Si se comportaran como adultos desde el principio no harían falta profesores.

8. No tengo ningún problema para dedicar mucho tiempo y esfuerzo a preparar mis clases (además creo que en eso es en lo que hay que dedicarlo siendo profesor). Me gusta llevarlo todo bastante programado, no dejar nada a la improvisación. Así, trabajo mucho en torno a lo que voy a hacer en el aula. Preparo presentaciones en Power Point (me gusta que a mis explicaciones las acompañen imágenes), diseño actividades variadas, llevo muy bien memorizado lo que voy a explicar y cómo voy a hacerlo.

Defectos:

1. Soy algo vago para ciertas cosas. Odio corregir trabajos y exámenes. Es una labor ardua y repetitiva. Por eso tardo en corregir más de lo que debiera. Esto es un grave defecto, es mi eterna lucha y me quita credibilidad con respecto a luego, exigirles esfuerzo. No obstante, cuando corrijo lo hago con bastante meticulosidad. Leo todo despacito e intento ser muy justo en la calificación. Quizá eso hace que corregir sea muy trabajoso y que por eso me dé tanta pereza. Además, soy tan imbécil que mando muchas actividades costosas de corregir: redacciones, comentarios de texto… Supongo que podría mandarles deberes más fáciles para mí y así conseguir tenerlos corregidos antes. Habrá que mejorar.

2. No consigo, siempre, mantener la misma intensidad. Tengo días buenos y días malos, días de más ánimo y días de menos. Es muy difícil mantenerte motivado y entusiasta todo el tiempo. Entonces hay temporadas en las que bajo la guardia. Llego a clase cansado y aburrido, hastiado de todo, y eso se nota. Si creas unas expectativas altas sobre tus clases, es muy complicado estar siempre a la altura. Muchas veces salgo de allí pensando en la mierda que he hecho. Y es que eso es un problema que toda profesión en la que tengas que estar de cara al público tiene: da igual que estés enfermo o deprimido, los clientes te exigirán lo mismo, y dar siempre lo mejor de ti es imposible.

3. Soy despistado y, en ocasiones, desordenado. Mal asunto: si quieres que tus críos sean, precisamente, ordenados y disciplinados, no puedes presentarte ante ellos como un desastre. Aquí el efecto de las excepciones es muy importante. Si siempre has sido ordenado y un día fallas, ellos valorarán más ese fallo que todo el año de buen hacer. Hay que estar en guardia siempre y eso es agotador.

4. Al ser cercano y simpático pierdo autoridad. Los alumnos se toman confianza muy rápido y eso hace que me cueste más mantener el orden, seguramente, más que a otros profesores más serios y distantes de trato. El problema está en que no voy a cambiar, no me sale ser brusco y autoritario, no puedo estar todo el día enfadado. Entonces, tener más problemas de disciplina es algo con lo que tengo que cargar, algo que asumo, porque si lo gano pierdo ser yo mismo. En bastantes ocasiones la culpa es enteramente mía: no puedo esperar que después de haberlos sobreexcitado con algo divertido, permanezcan en silencio inmediatamente después. No obstante, hasta hoy, no he tenido unos problemas en esta línea que me hayan preocupado demasiado (excepto casos puntuales). No pasa nada por tener que mandar callar un poco más de la cuenta si con ello consigues otras cosas más valiosas.

5. Me resulta difícil separar lo profesional de lo personal. Cuando has tenido que enfrentarte a un alumno problemático o a unos padres hiperprotectores que piensan que tú eres el único responsable de todos los problemas de su hijo, te expones a situaciones emocionalmente desagradables. Y esto te afecta. Todavía me pasa (aunque cada vez menos), irme a casa dándole vueltas a la cabeza sobre algún incidente de este tipo. Para paliar eso intento resolver los conflictos del modo más frío, más automático posible: sin un crío se pasa de la raya, intento, con la actitud más estoica posible, ejecutar el castigo: lo echas de clase sin levantar un ápice la voz y le pones un parte disciplinario sin pensar demasiado en lo que ha ocurrido. Nada ha pasado digno de mención. De este modo intento no quemarme, no sufrir el fuerte desgaste al que estamos expuestos a diario, clase tras clase. Si no tomas esta actitud y te tomas todo demasiado en serio, tendrás una baja por depresión en muy poco tiempo.

6. Soy un desastre en lo burocrático. Llevo muy mal rellenar papeles, más cuando veo que son totalmente inútiles. Al igual que dedico tiempo a preparar clases, intento dedicar lo menos posible a la burocracia. Por eso suelo hacer las tareas administrativas tarde y deprisa y corriendo.

Mi obra de arte favorita (o una de ellas)

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Una de mis obras de arte favoritas o que, al menos, más me han impactado cuando las contemplé en vivo por primera vez, es El descendimiento de Van der Weyden. Hay que verlo en el Prado, porque cuando lo ves en una imagen pequeña como ésta no puedes apreciar bien lo maravilloso que realmente es. Esos colores azules y rojos en contraste con el blanco brillante de Jesús, golpean tu retina y te dejan completamente abrumado. Luego está esa perfección, ese cuidado obsesivo por todos los detalles. En toda la obra no hay nada descuidado, todo está perfectamente pintado. También hay que mencionar las imposibles posturas de todos los personajes y la magnífica estructura espacial de la obra: nada está colocado accidentalmente, creando distintos espacios en donde mirar. Me encanta la palidez de la Virgen, que realmente, parece más muerta que Jesús. El descendimiento es arte con mayúsculas, es de las cosas que hace grande a la humanidad, de las que habría que proteger por encima de casi todo.

Hace unos días fui de excursión al Museo del Prado con el instituto. Muchos de los alumnos que llevábamos no se destacan especialmente por sus inquietudes intelectuales. Son, por lo general, bastante apáticos. En ocasiones les digo que aun si entrara en clase “en pelotas”, seguirían sin prestarme ni la más mínima atención. Pensando en que íbamos a estar sobre una hora y media en el museo, mis vaticinios no podían ser más pesimistas: van a aburrirse y a estar con cara de mustios deseando escapar de allí cual presos de Alcatraz desde el minuto uno. Pero para mi sorpresa no podía haber estado más equivocado. En este caso no fue la música quien amansó a las fieras sino más bien la pintura. Se mostraron sorprendidos, interesados, haciendo preguntas de esas de verdad (y no para hacer la gracieta de turno)… No se cansaron y en ningún momento nadie tenía prisa por que termináramos. Lo que ocurrió esa mañana fue educación, fue aprendizaje, fue el ser humano fascinado ante la grandeza de lo que otro ser humano ha creado. Fue reconocer lo valioso, lo bueno, lo que debe ser apreciado y admirado como clásico. Fue un gran momento. 

Curioso (vamos a meter la puntillita política) es que en uno de los países con más patrimonio artístico del mundo y que si es reconocido por algo es, además de por el fútbol y la Formula 1, precisamente por su arte, la educación artística tenga un papel marginal dentro de nuestro sistema educativo (y menos aún con la maravillosa LOMCE). Lo dicho tantas veces, generaremos grandes burócratas, eficientes administrativos, gráciles secretarias que hablan bien en inglés pero que pasarán al lado del Descendimiento y no se enterarán de nada y pensarán que no tiene valor alguno y, al final, lo desprotegerán. A fin de cuentas, solo son unos brochazos de pintura en una tabla de madera. 

 

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Me uno a la propuesta de Felipe Garrido, autor del blog Antes de las Cenizas, y que me llegó a través de Eugenio Sánchez Bravo (Aula de Filosofía) de lanzar un meme en defensa de la Historia de la Filosofía, asignatura de bachillerato que sale seriamente perjudicada en el segundo borrador de la LOMCE. Esta misma entrada será añadida en mi otro blog, La Máquina de Von Neumann.

Los documentos legales suelen tener una ardua introducción en la cual se intenta justificar el por qué de la necesidad de las leyes que pretenden aplicar. Suelen ser palabras bonitas, clásicas de la retórica de los discursos políticos pero, como mínimo, uno espera que dicha introducción sea coherente con la ley que justifica. En el segundo borrador de la LOMCE no ocurre, hay una extraña y grave incoherencia. A saber, mantiene la necesidad educar a los alumnos para que tengan  un pensamiento propio, crítico y autónomo a la vez que la ley elimina la Educación para la Ciudadanía y la Ética de 4º ESO (que desaparecen completamente) y la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato (que pasa a ser optativa a juicio del centro que quiera o no impartirla). Lo de la Ciudadanía no me parece demasiado grave, lo de la Ética algo más, pero lo que sí es pésimo es que la Historia de la Filosofía pierda su vigencia.

Podría decirse que es normal que un profesor de Filosofía defienda sus asignaturas y que más que defender el bien de la educación como tal, estoy defendiendo mi interés particular de no perder mis asignaturas. Podría decirse, pero no es el caso y lo digo con total honestidad. Yo no elegí la Filosofía y ahora defiendo su importancia, yo elegí la Filosofía porque me parecía y me parece muy importante. Es la asignatura que, realmente, pretende enseñar a pensar. Con esto no se dice que las Matemáticas, la Literatura o la Física no enseñen a pensar, únicamente que la Filosofía es la asignatura que lo hace específicamente, cuya esencia reside en eso y que, en consecuencia, es la idónea para conseguirlo eficazmente. Cualquiera que crea que pensar es importante, debería defender la vigencia de la Filosofía en los planes de estudio y eso defiendo yo, no a mi gremio ni a mi profesión.

Me resulta un tanto equívoco que las Matemáticas, la Lengua (que no la Literatura) o el Inglés sean las asignaturas ahora hegemónicas en número de horas desplazando todo lo demás. Está muy bien saber calcular y está muy bien saber idiomas, pero la primacía de lo instrumental (y sólo de una instrumentalidad muy concreta) suele olvidar la importancia de los contenidos y otros aprendizajes. Puedes saber cinco idiomas pero si eres imbécil, lo seguirás siendo en los cinco idiomas que hablas. Puedes saber solucionar mil problemas con las matemáticas pero tendrás que saber visualizar qué es un problema y calibrar su gravedad en virtud a unos fines éticos o políticos. Así asignaturas como Cultura Clásica (que para mí debería ser fundamental), Griego y Latín (esas “inútiles lenguas muertas”),  Música o todas las artísticas, van perdiendo importancia, se reducen poco a poco a meras optativas, a “marías” con poca carga lectiva que se aprueban con la gorra. Es curioso como los alumnos acaban el bachillerato sin saber nada de Mozart o Beethoveen (y escuchando Reggaeton o a Melendi), sin saber quiénes fueron Clístenes, Sófocles o Fidias, sin tener la sensibilidad artística necesaria para apreciar un cuadro de Tiziano o la grandeza de una catedral gótica y, ahora, tras el adiós a la Historia de la Filosofía, sin saber casi nada de Platón, Rousseau o Kant. Estamos abandonando una educación que valoraba a los clásicos (mírese la etimología de la palabra que define clásico como aquello digno de imitarse, como modelo a seguir) para llegar a una educación confusa que no entiendo bien qué fines persigue: ¿la mera incorporación al mundo laboral? ¿la inmigración a otros países a la que nuestros jóvenes están condenados? ¿sacar buena nota, sea como sea, en el informe PISA?

La Historia de la Filosofía es una historia de modelos de pensamiento, de clásicos a imitar, un recorrido por los hombres que mejor y más profundamente pensaron. Si desaparece nuestros chicos podrán pensar, algo les habrá quedado transversalmente y a través de asignaturas que enseñan, colateralmente, a pensar, pero no se habrán subido a hombros de gigantes, habrán perdido estatura intelectual, no habrán ido de la mano de los mejores. Grave, bastante grave.

Montaigne educador

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Educar para la diversidad:

No es de extrañar que aquellos que, según nuestras costumbres, intentan educar a varias inteligencias de muy diversas medidas y formas, con la misma lección e igual procedimiento de conducta, hallen apenas dos o tres, en toda una población de niños, que recojan algún fruto de su enseñanza.

Extrapolar, aplicar a nuevos contextos, aprendizaje significativo:

Que no le pida cuentas únicamente de las palabras de su lección, sino del sentido y de la substancia; y que juzgue el provecho que ha sacado, no por el testimonio de su memoria, sino de su vida. Que lo que acabe de aprender se lo haga explicar de cien maneras distintas y aplicar a otros tantos temas diversos, para ver si lo ha comprendido y asimilado bien, tomando de las pedagogías de Platón el progreso de su instrucción. Es prueba de ardor de estómago y de indigestión que nos repita la carne cuando nos la hemos tragado. No ha desarrollado el estómago su función si no ha transformado la substancia y la forma de lo que se ha dado para digerir.

Pensamiento propio, independiente y crítico con la autoridad:

Nos han sujetado con tales ataduras que ya no tenemos impulsos espontáneos. Hase apagado nuestro vigor y nuestra libertad: “Nunquam tutelae suae fiunt”. Yo he visto personalmente en Pisa a un hombre de bien, mas tan aristotélico, que su dogma fundamental es que la regla y la piedra de toque de toda idea sólida y de toda verdad es la conformidad con la doctrina de Aristóteles; que fuera de ello no hay sino quimeras e inanidad; que él lo vio y dijo todo. Estos propósitos, por haber sido interpretados con demasiada amplitud e iniquidad, pusiéronle antaño y durante largo tiempo en gran aprieto con la inquisición de Roma.

Que haga que todo lo pase por su tamiz sin alojarle cosa alguna en la cabeza por simple autoridad y crédito. Que no sean principios para él los principios de Aristóteles, como tampoco los de los estoicos o epicúreos. Que le propongan esa diversidad de juicios: escogerá si puede, y si no, permanecerá en la duda. Sólo los locos están seguros y resolutos.

Becas Erasmus, interculturalismo, aprendizaje de idiomas:

Por este motivo el trato humano es muy conveniente, y el visitar países extranjeros, no ara volver sabiendo únicamente, según la moda de nuestra nobleza francesa, cuántos pasos tiene Santa Rotonda o la riqueza de los pantalones de la señora Livia; o, como otros, en cuánto es más largo el rostro de Nerón en alguna ruina antigua de allá que el de cierta medalla igual; sino para volver sabiendo principalmente los caracteres de aquellas naciones y sus maneras, y para frotar y limar nuestras seseras con las de otros. Me gustaría que le empezaran a pasear de desde su más tierna infancia, y en primer lugar, para matar dos pájaros de un tiro, por las naciones vecinas donde el hablar está más alejado del nuestro, pues si no le formáis la lengua tempranamente, no podrá adaptarse después.

Universalismo, cosmopolitismo:

Sácase maravillosa luz para el juicio humano del trato con el mundo. Estamos encogidos y replegados sobre nosotros mismos y no vemos más allá de nuestras propias narices. Preguntáronle a Sócrates que de dónde era. No respondió: “De Atenas”, sino “Del mundo”. Él, que tenía su imaginación más llena y más amplia, abarcaba el universo como si fuera su ciudad, llevaba sus conocimientos, su trato, sus afectos, a todo el género humano, no como nosotros que sólo miramos lo que hay bajo nuestros pies.

Primacía de la ética, Educación para la Ciudadanía:

Anaxímenes escribía a Pitágoras: “¿Cómo podría ocuparme del secreto de las estrellas teniendo siempre ante mis ojos la muerte o la esclavitud?” (pues entonces los reyes de Persia preparaban la guerra contra su país). Cada uno debería pensar así: “Siendo presa de la ambición, de la avaricia, de la temeridad, de la superstición, y teniendo en mi interior tantos otros enemigos de la vida, ¿cómo pensar en el movimiento del mundo?”.

La filosofía para niños de Lipman:

Es grande que en nuestro siglo estén así las cosas, que la filosofía sea, incluso para las personas de juicio, un nombre vano y fantástico que no tiene utilidad ni valor alguno, en su opinión y en la realidad. Creo que esos ergotismos que han invadido su terreno son la causa de ello. Es un error pintarla como inaccesible para los niños y con rostro ceñudo, hosco y temible. […] Puesto que la filosofía es aquella que nos enseña a vivir y puesto que la infancia tiene en ella su lección como las otras edades, ¿por qué no comunicársela?

Renuncia a la violencia en el proceso educativo:

Por lo demás, esta educación ha de llevarse a cabo con severa dulzura, no como se acostumbra a hacer. En lugar de invitar a niños a las letras, no se les muestra, en verdad, sino crueldad y horror. Eliminad la violencia y la fuerza: nada hay, en mi opinión, que envilezca y embrutezca tanto a una naturaleza bien nacida. […] Mas, entre otras cosas, ese sistema de la mayor parte de nuestros colegios siempre me disgustó. Puede que se hubiera pecado con menos perjuicio inclinándose por la indulgencia. Es una verdadera prisión de juventud cautiva. Se la corrompe castigándola antes de que esté corrompida. Acercaros al lugar de su oficio, no oiréis más que gritos de niños atormentados y de maestros desquiciados por la cólera. ¡Qué manera es esta de despertar el apetito por el estudio en estas tiernas y temerosas almas, dirigiéndolas con un rostro enrojecido y espantoso y con el látigo en la mano!

Michel de Montaigne escribió esto en la segunda mitad del siglo XVI (publica el libro primero, de dónde son estos fragmentos, y el libro segundo de sus Ensayos en 1580). Hace 432 años, Montaigne había adelantado las principales ideas de las teorías pedagógicas que fundamentan nuestros actuales sistemas educativos. Y los pedagogos, que no han leído a Montaigne ni a casi nadie más, se creen que han descubierto las Américas. Y, aunque sea decirlo por enésima vez, nuestro actual sistema educativo, a pesar de inspirado en estas ideas, funciona de modo diametralmente opuesto. Su estructura y condiciones imposibilitan la atención a la diversidad, aprendizaje significativo y pensamiento crítico. Reflexionen nuestras autoridades educativas por qué será.

Además, y esto es lo más importante, Montaigne sabe muy bien qué hacer con los malos estudiantes:

Si ese discípulo resulta ser de condición tan rara que prefiera oír una fábula a la narración de un hermoso viaje o a una sabia sentencia cuando la oiga; si del son del tamboril que acompaña el joven ardor de sus compañeros se desvía hacia otro que le llama el juego de los cómicos; si desgraciadamente no estima más placentero y halagador volver polvoriento y victorioso de un combate que del frontón o del baile, con el premio de este ejercicio, no encuentro otro remedio sino que su maestro lo estrangule en buena hora, si no hay testigos, o que le metan de pastelero en alguna ciudad, aunque sea hijo de un duque, conforme al precepto de Platón de que hay que colocar a los hijos, no según las facultades del padre, sino según las facultades de su propio espíritu.

Bajas laborales no remuneradas

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Al final ha ocurrido tal y como se esperaba. Después de que periódicos como el ABC sacaran noticias de esta índole, allanando el campo de la opinión pública, la ley salió. Y queda así.

Duración de la baja laboral del funcionario:

0-3 días: no cobra absolutamente nada.

4-10 días: cobra el 60%.

11-20 días: cobra el 75%.

A partir del día 21: cobra el 100%.

Curioso, económicamente te conviene mucho más ponerte gravemente enfermo que tener una gripe. ¡Cuanto menos enfermo estés peor! Yo, por ejemplo, estoy por debajo de la media de bajas nacional incluso de la privada (no creo recordar haber estado de baja más de diez días al año en los que llevo trabajando), pero, el año pasado falté un día completo debido a una gastroenteritis. Estuve enfermo unos cuantos días pero sólo falté uno. Pues bien, según esta legislación, me hubieran quitado un día de sueldo. Así de justa y de maravillosa es esta medida del gobierno.

¿Por qué esta medida es un injusto recorte de derechos laborales en toda regla?

1. Es absolutamente injusto pagar justos por pecadores. No todas las administraciones públicas tienen el mismo número de bajas. No es lo mismo ser bombero, policía, docente o administrativo. Y dentro de ser administrativo hay múltiples niveles e instituciones que nada tienen que ver los unos con los otros. Del mismo modo que no es lo mismo ser funcionario de carrera que personal eventual (nombrado “a dedo”). En todo trabajo existe siempre una minoría de sinvergüenzas cuyas bajas podrán ser fraudulentas… ¿por que no se les ataca a ellos en vez de a todo un inmenso y variopinto colectivo?

2. ¿Para qué existe la inspección laboral y médica? Tenemos un cuerpo de inspectores cuya función es la de comprobar que las bajas no son fraudulentas… ¿qué hacen? Y si su labor es ineficaz, ¿no habría que revisarla antes de firmar una ley tan injusta?

3. Que en la función pública existan más bajas que en la privada no debe llevarnos a pensar que la mayor parte de las bajas de la pública son fraudulentas pues el número de bajas de la privada no puede ser un baremo fiable en torno a lo que debería ser. En la privada hay constantes amenazas y extorsiones para no darse de baja, distando mucho de ser un régimen ideal. Lo que debería ocurrir es lo contrario: las bajas de la privada deberían tender a igualarse con las de la pública una vez que éstas últimas se hayan fiscalizado eficazmente.

4. Esta ley es poner un impuesto a la enfermedad. Las personas más dadas a ponerse enfermas no sólo tendrán que sufrir su mala salud, sino que a esa desgracia se le unirá cobrar menos.

Esto es un recorte más, una pérdida más de derechos laborales, hecho de nuevo de un modo injusto sin que paguen realmente los que tienen que pagar, con una finalidad recaudatoria y populista de gran bajeza política. Estamos perdiendo gradualmente una gran cantidad de derechos que, luego, será muy difícil recuperar. Asunto muy, muy grave.

Un nuevo ejemplo de mala gestión: la gratuidad de libros en el presente curso

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Nunca estuve plenamente de acuerdo con el programa de gratuidad de libros de texto. Creo que con una buena política de becas en las que se asignaran los libros en función de la renta y circunstancias familiares de los padres de cada alumno se habría conseguido algo más justo y mejor. Pero, en fin, dado que estaba y dadas las circunstancias económicas del presente, ahora no era el momento de eliminarlo. La administración, con intenciones loables, sólo ha cancelado la reposición, quedando los libros que quedan todavía gratuitos, al menos por este año. Vale, no tenemos libros nuevos pero los viejos que todavía estén en buen estado se siguen dando gratuitamente.

El problema está en que, debido a que hay libros en muy mal estado, no tenemos libros para todos. ¿Qué hacer? La administración dispuso que se asignarían según la renta (sin mirar más factores) de los padres. Bien, ¿cómo saber la renta de los padres de nuestros alumnos? De primeras, Hacienda nos mandó las rentas de cada familia pero, y aquí viene, lo bueno, había padres cuyos datos, misteriosamente, Hacienda no tiene (¿Hay gente que Hacienda no tiene fichada?). Ni cortos ni perezosos, nos dijeron que fuéramos nosotros (nosotros quiere decir el secretario del centro y los administrativos a su servicio: dos) los que pidiéramos los documentos necesarios directamente a los padres. Todo esto tres o cuatro días antes de que el curso comience. El secretario se encuentra, en primer lugar, con tener que hacer frente a un montón de variopintos documentos que cada padre le trae, con que muchos padres no tienen tales documentos o con muchos otros que pasan del tema o no se han enterado bien. Por ejemplo, tenemos a una madre que está divorciada y cuya única renta es la pensión que le el ex-marido le ingresa vía cuenta bancaria. ¿Qué documentación se le pide a esa mujer? ¿Los documentos del divorcio? ¿Un justificante del ingreso? Después, el secretario tiene que lidiar con unos programas informáticos no diseñados para las excepciones. Ya sabemos eso de que en tal casilla sólo cabe un dígito y no se aceptan más, o en esa otra sólo hay dos opciones, no tres.  Y luego están los alumnos que cambian de optativa a última hora… Un caos absoluto y el secretario completamente desbordado al borde del suicidio.

Otra cosa graciosa es, por ejemplo, el caso de Educación para la Ciudadanía. En agosto, el insigne Wert cambió sus contenidos. Los libros que texto que disponemos tienen los contenidos antiguos y ninguna editorial va a cometer la locura de lanzar libros nuevos sabiendo que dentro de cuatro años, lo mismo el PP pierde las elecciones y los contenidos vuelven a cambiarse. Entonces se da la grotesca circunstancia de que tenemos libros de texto que no se adecuan a los contenidos legales de la asignatura. Maravilloso.

Estos desatinos no tienen nada que ver con los recortes ni con la “herencia heredada” ni con “no podemos gastar más de lo que tenemos”, tienen que ver con simple y llana ineptitud e incompetencia. Durante los años que llevo trabajando he visto a una administración remolona: todo siempre llega un poco más tarde de lo que debería y muchas cosas podrían hacerse mejor y más rápido. Sin embargo, nunca he visto algo tan pésimo como el fin de curso del año pasado y comienzos de éste.